
Surgida en el año 1118 por iniciativa del noble Hugues de Payens y el clérigo san Bernardo de Claraval, la orden del Temple fue la primera orden militar propiamente dicha de la Historia. “Ellos pueden pelear las batallas del Señor y ser a la vez soldados de Cristo”, les dijo san Bernardo a Hugues de Payens nada más ver a los siete caballeros que le acompañaban en su entrada a Jerusalén, y este siguió sus palabras.
Tan fielmente que para los templarios siempre fue una obligación respetar los votos de pobreza, obediencia y castidad que les impuso su clérigo fundador. Además, vivían en monasterios y elegían a su maestre entre personas de gran religiosidad. Pero siempre manteniendo su lado guerrero. De hecho, su primer cometido consistió en proteger a los peregrinos en su camino entre las ciudades de Jaffa y Jerusalen. Por su valía, los nobles europeos comenzaron a entregarles encomiendas, tierras y hasta sus propios hijos como futuros soldados y, enseguida, el Temple se convirtió en un gran ejército profesional, autosuficiente y acreedor de reyes, a los que prestaban dinero.
Uno de sus mayores deudores fue el rey francés Felipe IV, quien, incapaz de saldar su deuda, se alió en 1307 con el papa Clemente V para aniquilar la orden y repartirse sus bienes. Así, en la noche del 13 de octubre de este año, arrestaron a 15.000 templarios bajo falsas culpas de negar a Cristo, adorar ídolos o practicar la sodomía. En 1312, el Papa promulgó una orden por la que disolvía y confiscaba sus bienes.